Os presento mi nueva ocupación casera. Me he convertido en cuentacuentos. Es algo tremendamente bonito que siempre he admirado. Hacer volar la imaginación de los niños y llevarlos a países lejanos y maravillosos a través de las aventuras más raras que jamás podría haber imaginado...
Desde que me quedé embarazada de Mario, su padre y yo empezamos a comprar cuentos y libros infantiles (y no tanto) cargados de ilustraciones preciosas! A los dos nos gusta mucho el diseño y la ilustración y pensamos que así disfrutaríamos nosotros y el niño (ahora los niños) a la hora de leer cuentos.
Ya cuando Mario era muy bebé le leíamos cuentos por la noche, antes de dormir. Había oido por ahí que a los niños les tranquiliza escuchar la voz dulce de papá o mamá antes de empezar a soñar... Pero he de reconocer que desde que nació Carmen habíamos perdido esta bonita costumbre que hacía que mantuviéramos cada noche un momentito de intimidad, tranquilidad y felicidad juntos...
Ayer, después de un día de compras en el que cayeron varios libros, llegó emocionado a casa con los cuentos. En cuanto terminó de cenar empezó a pedirnos que le leyéramos un cuento. "Cuando nos vayamos a la cama, antes de dormir", le dije. Y un rato después acosté a Carmen dormida y Mario y yo nos fuimos a su habitación. Cogí el libro de cuentos que le habíamos comprado ayer y empecé a leerle el primero: "El patito feo". Al terminar me pidió otro, así que empecé a leer el segundo: "Los tres cerditos". Pero Mario no quería otro cuento. Quería el mismo otra vez, así que volvimos a leer "El patito feo". Después de esa segunda lectura (para aclarar conceptos, supongo...) me pidió que le contara otro cuento. "Pero no esos, mamá! Quiero el cuento de la batería", me dijo. Unos días atrás yo le había contado la historia de unos amiguitos que montaban un grupo de múscia y él tocaba la batería en ese relato... Así que cerré el libro nuevo y le pregunté quién sería el protagonista del nuevo cuento que íbamos a empezar a crear juntos. Me dijo que la princesa y también tenía que tener madrastra y batería... Así, con esos tres elementos, a los que añadimos a Mario y sus amigos del grupo, inventamos un cuento muy bonito que me hizo repetir una y otra vez hasta que se durmió...
Esta mañana, al despertar, mientras papá preparaba café y los desayunos, me asomé a su habitación. Al sentirme abrió los ojos y con una sonrisa enorme me llamó. Me senté en su cama, le di un beso y me pidió que volviera a contarle el cuento...
Feliz domingo de cuentos, historietas y aventuras! Otro día os cuento el cuento de Mario, su princesa, su madrastra y la batería...
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domingo, 28 de abril de 2013
miércoles, 17 de abril de 2013
Pinta, juega, ríe!
Pintar, jugar y reír son tres de las cosas que, desde que hay niños en casa, hemos vuelto a hacer.
Todavía recuerdo cuando era pequeña; las tardes de los sábados eran mis favoritas. Papá y mamá estaban en casa con nosotras y nos hacían una merienda especial. Mientras, veíamos dibus. Recuerdo los clásicos de Disney, por ejemplo, y cómo yo me repetía para mis adentros que nunca me cansaría de ver dibujos animados. Sería que me sorprendía que mis padres no disfrutaran, maravillados como lo hacíamos nosotras, de aquellas piezas cortas de animación... Y aunque confieso que nunca me han dejado de gustar los dibus, reconozco que al hacerme mayor mis intereses audiovisuales se ampliaron y dejaron menos tiempo para ellos.
Sin embargo, desde que Mario descubrió la animación puedo asegurar que la tendencia televisiva de este nuestro hogar ha cambiado... Porque cuando no son Mickey, Donald o Pluto, es Pocoyó y si no Caillou; pero también vale Hora de Aventuras, Bob Esponja, los pingüinos de Madagascar o Kung Fu Panda...
También recuerdo cuando montábamos las mesitas de pintar en el salón y dedicábamos mañanas (o tardes) enteras a dibujar y colorear. Es otra actividad que he recuperado: la de pintar. A Mario le gusta pintar corazones, coches, motos... y también le gusta pintar la mesa, el sofá, la ropa y ahora la cara! Hoy nos hemos pintado la nariz y unos bigotes muy molones los dos. Y si me descuido, se los pinta también a Carmen!
Con Mario y Carmen también he vuelto a jugar. Hacemos carreras de coches, jugamos con la pelota (con la de colores, con la del Barça, con la de Bob Esponja y hasta con las pelotas saltarinas!), con las construcciones o con los muñecos y peluches. Incluso pongo voces y escondo mi cara detrás de alguno de sus amigos blanditos! Ésto es algo que a la peque le encanta, por eso lo hago... También hago de Spiderman a veces, de tobogán otras, y de cualquier cosa que se le ocurra al terremoto!
Con ellos y por ellos he aprendido a valorar lo que realmente importa. He aprendido a reirme en las situaciones y momentos más desesperados! He aprendido a esperar con paciencia. He aprendido que el agua que salpican fuera de la bañera se seca; que la pintura que se sale de la libreta se limpia; que los juguetes que aparecen por todos lados a cada paso se recogen; y que los momentos que pasamos juntos no vuelven. Por eso he aprendido que lo importante, cada día, es reír, disfrutar, jugar, salpicar y pintar. Ah, sí, y tomar pastel de chocolate para merendar!
Todavía recuerdo cuando era pequeña; las tardes de los sábados eran mis favoritas. Papá y mamá estaban en casa con nosotras y nos hacían una merienda especial. Mientras, veíamos dibus. Recuerdo los clásicos de Disney, por ejemplo, y cómo yo me repetía para mis adentros que nunca me cansaría de ver dibujos animados. Sería que me sorprendía que mis padres no disfrutaran, maravillados como lo hacíamos nosotras, de aquellas piezas cortas de animación... Y aunque confieso que nunca me han dejado de gustar los dibus, reconozco que al hacerme mayor mis intereses audiovisuales se ampliaron y dejaron menos tiempo para ellos.
Sin embargo, desde que Mario descubrió la animación puedo asegurar que la tendencia televisiva de este nuestro hogar ha cambiado... Porque cuando no son Mickey, Donald o Pluto, es Pocoyó y si no Caillou; pero también vale Hora de Aventuras, Bob Esponja, los pingüinos de Madagascar o Kung Fu Panda...
También recuerdo cuando montábamos las mesitas de pintar en el salón y dedicábamos mañanas (o tardes) enteras a dibujar y colorear. Es otra actividad que he recuperado: la de pintar. A Mario le gusta pintar corazones, coches, motos... y también le gusta pintar la mesa, el sofá, la ropa y ahora la cara! Hoy nos hemos pintado la nariz y unos bigotes muy molones los dos. Y si me descuido, se los pinta también a Carmen!
Con Mario y Carmen también he vuelto a jugar. Hacemos carreras de coches, jugamos con la pelota (con la de colores, con la del Barça, con la de Bob Esponja y hasta con las pelotas saltarinas!), con las construcciones o con los muñecos y peluches. Incluso pongo voces y escondo mi cara detrás de alguno de sus amigos blanditos! Ésto es algo que a la peque le encanta, por eso lo hago... También hago de Spiderman a veces, de tobogán otras, y de cualquier cosa que se le ocurra al terremoto!
Con ellos y por ellos he aprendido a valorar lo que realmente importa. He aprendido a reirme en las situaciones y momentos más desesperados! He aprendido a esperar con paciencia. He aprendido que el agua que salpican fuera de la bañera se seca; que la pintura que se sale de la libreta se limpia; que los juguetes que aparecen por todos lados a cada paso se recogen; y que los momentos que pasamos juntos no vuelven. Por eso he aprendido que lo importante, cada día, es reír, disfrutar, jugar, salpicar y pintar. Ah, sí, y tomar pastel de chocolate para merendar!
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