Hoy hace un año que volví a dar a luz... Llevaba casi un mes en Ourense.
De baja. Disfrutando del descanso, de los paseos, de la familia, de mi
ciudad. Arturo estaba en Toledo, trabajando. Para el puente de la
Inmaculada vino a vernos... Casi un mes separados! Desde que llegó el
jueves por la mañana estuvo intranquilo... Si yo no daba a luz ese fin
de semana, él tendría que volver a Toledo... Pero el sábado 8 me levanté
temprano. Me sentía rara y le dije: "creo que no te vas a ir mañana".
Salí muy temprano a caminar con mi padre y el perro. Hacia frío y yo apenas me podía abrochar el
abrigo. Paseamos mucho tiempo.
Compramos la prensa y el pan. Y fuimos a casa a despertar al resto de
familia para desayunar. Ese día Arturo y yo decidimos dejar a Mario con
sus abuelos y tías y nos fuimos a comer solos. Él y yo. Una comida de esas
que hacia casi 2 años que no teníamos. Fuimos a un restaurante
ambientado en los años 50. (Nos encantan las americanadas!) Yo pedí todo
aderezado con salsa picante (a ver si Carmen se animaba a salir!).
Comimos, reímos, paseamos de vuelta a casa y nos pasamos la tarde de
compras. Arturo ya tenía la maleta preparada. La cabeza estaba en la
carretera. Pero mientras cenábamos un poco de queso del país y pan de
Cea en casa de mis padres les dije que quería ir a la residencia. Serían
las 23:30 cuando fuimos y me quedé ingresada. La primera media hora, en
monitores, estábamos tranquilos. Me habían dicho que había empezado a
dilatar pero muy poco. Así que nos hicimos unas fotos, charlamos, reímos un poco más
y nos mandaron a la habitación. Mientras esperaba que mis padres
vinieran con mi bolsa, mis cosas personales, Arturo cronometraba mis
contracciones. Nos habían dicho que teníamos que avisar cuando fueran
cada cinco minutos. Pensamos que tardarían en regularse tanto. Pero no.
En poco tiempo se empezaron a suceder los dolores... Bajamos a monitores
otra vez y entre un anestesista que estaba en quirófano y no podía
atenderme, una matrona nerviosa que en vez de darme centímetros de
dilatación me daba una medida extraña y totalmente subjetiva (todo el rato me decía que
estaba solo de "dos dedos holgados"...), una madre gritona y un marido
que prefirió esperar en el pasillo, de repente todo se descontroló. Perdieron la señal del
corazón de mi hija, apareció el hombre de la epidural y echaron a mi
madre de la habitación... No había pasado ni una hora y yo ya necesitaba
empujar! La matrona se asomó entre mis piernas y allí estaba la cabeza
de mi niña. Rápido y casi en volandas nació mi princesa. Y yo, a pesar de la confusión del momento, fui muy
feliz!
Igual de feliz me he sentido hoy. Un año después de que se volviera a hacer el milagro de la vida sigo sintiendo esa emoción, esa alegría, esa felicidad infinita del amor de una madre a su hija. Y no niego que hayamos pasado por días y momentos desesperantes... Muchas, muchísimas noches sin dormir. Más catarros, toses y vomitonas que nunca. Llantos desconsolados sin saber por qué se producían. Pero todo lo compensa una mirada, un "mua" y unos brazos que te llaman. Todo merece la pena cuando escuchas el primer "mamá", con esa voz frágil y dulce. Esa voz que que me hace sentir una inmensa ternura con una simple carcajada. Esa voz que repite "oh, oh!" o que decía "carallo" muy finamente... El brillo de sus ojos cuando le enseño algo que le gusta mucho. Hace que me sienta como un auténtico mago! La cara de pilla que pone cuando gatea a toda velocidad. Ver cómo da sus primeros pasos solita. O cómo devora cualquier cosa que se coma! Pero sobre todo esa sonrisa que hoy no ha abandonado su preciosa carita... Una sonrisa que nos dice que, en el fondo, algo estamos haciendo bien.
Esa sonrisa tuya hoy, Carmen, es nuestra meta mañana y cada día de nuestra vida... Te quiero, mi amor. Gracias por hacernos sentir tantas cosas maravillosas en tan solo un puñado de días!
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lunes, 9 de diciembre de 2013
domingo, 5 de mayo de 2013
Mamá se escribe con mayúscula!
La mayúscula inicial se reserva a nombres propios, pero ¿qué hay más propio, más único, más auténtico que una Madre? Para mí, nada.
Cuando era pequeña, mi Madre me recogía en el colegio siempre con una sonrisa. Su cara, a pesar del agotamiento después de muchas horas de trabajo, reflejaba cada tarde las ganas inconmensurables de verme, de agarrarme la mano y pasear juntas al parque o a casa.
Caminaba deprisa. Pero yo, con mis piernas pequeñitas conseguía seguirla. A veces...Y cuando yo no la alcanzaba, ella reducía el ritmo y me esperaba. Mi Madre siempre ha adaptado su caminar al mío. Siempre se ha mantenido a mi lado aunque en ocasiones le costase muchísimo. Como ella misma dice, mi Madre "ha tragado carros y carretas" y solo por complacerme. Así, mi Madre ha marcado los pasos de mi existencia.
Mi Madre me hizo el regalo más bonito que me podía hacer: me dio la vida.
Mi Madre, desde que nací, me ha hecho sentir el ser más especial del universo... Y siempre ha sido capaz de levantarme el ánimo con una sola mirada.
Mi Madre me ha acompañado siempre, en todo momento, en cada decisión, en cada éxito y en cada fracaso de mis 32 años.
Mi Madre me ha enseñado la importancia del cariño, de los besos, de los abrazos.
Mi Madre, que no habla mucho, me ha dicho las palabras más grandes que nunca escuché. Me ha dado aliento para lograr mis metas. Me ha dado confianza para que yo crea y sepa que puedo hacerlo.
Mi Madre me ha valorado siempre de manera constructiva (aunque a veces no me gustara su evaluación...).
Mi Madre me ha demostrado que por los hijos se puede superar lo impensable.
Mi Madre me ha dado la mano mientras mis dos hijos nacían. Ha mantenido la calma (bueno, con Carmen no tanto...) cuando mi cara se descomponía por el dolor mientras me susurraba al oído "tranquila, hija, ya está, ya está aquí".
Mi Madre se ha dejado la piel por mi. Y se la sigue dejando a pesar de mi edad y de la distancia que nos separa.
Mi Madre ha vivido y vive por mí, por mis hermanas, por mi padre, por su madre, por su hermano y por sus nietos.
Mi Madre ha hecho muchas más cosas por los demás, por todos nosotros, que por o para ella misma.
Mi Madre me ha mostrado, desde que puedo recordar, que el sacrificio por la familia (tu familia) tiene recompensa en sí mismo.
Mi Madre me ha transmitido siempre que el amor infinito es, además, inagotable y existe.
Mamá, hoy no puedo ver cómo te levantas, con los pelos revueltos, directa a la cocina y cómo, casi sin abrir los ojos, te bebes el café que te ha preparado papá.
Mamá, hoy no puedo acercarme a darte un beso y decirte felicidades. Pero desde aquí sí puedo darte las gracias por todo lo que has hecho, haces y sé que harás por mí siempre! Eres un ejemplo. Mi ejemplo. Y no quiero que cambies nunca!
GRACIAS MAMÁ POR MOSTRARME DÍA A DÍA EL CAMINO.
Ojalá todos los días fueran "el día de la Madre". Pero no para hacer regalos, que el mejor regalo de una Madre son sus hijos, sino porque sería bonito que cada día, dedicásemos al menos unos minutos a pensar en la suerte que hemos tenido al contar en nuestra vida con una Madre como la nuestra... Una Madre con mayúscula!
Cuando era pequeña, mi Madre me recogía en el colegio siempre con una sonrisa. Su cara, a pesar del agotamiento después de muchas horas de trabajo, reflejaba cada tarde las ganas inconmensurables de verme, de agarrarme la mano y pasear juntas al parque o a casa.
Caminaba deprisa. Pero yo, con mis piernas pequeñitas conseguía seguirla. A veces...Y cuando yo no la alcanzaba, ella reducía el ritmo y me esperaba. Mi Madre siempre ha adaptado su caminar al mío. Siempre se ha mantenido a mi lado aunque en ocasiones le costase muchísimo. Como ella misma dice, mi Madre "ha tragado carros y carretas" y solo por complacerme. Así, mi Madre ha marcado los pasos de mi existencia.
Mi Madre me hizo el regalo más bonito que me podía hacer: me dio la vida.
Mi Madre, desde que nací, me ha hecho sentir el ser más especial del universo... Y siempre ha sido capaz de levantarme el ánimo con una sola mirada.
Mi Madre me ha acompañado siempre, en todo momento, en cada decisión, en cada éxito y en cada fracaso de mis 32 años.
Mi Madre me ha enseñado la importancia del cariño, de los besos, de los abrazos.
Mi Madre, que no habla mucho, me ha dicho las palabras más grandes que nunca escuché. Me ha dado aliento para lograr mis metas. Me ha dado confianza para que yo crea y sepa que puedo hacerlo.
Mi Madre me ha valorado siempre de manera constructiva (aunque a veces no me gustara su evaluación...).
Mi Madre me ha demostrado que por los hijos se puede superar lo impensable.
Mi Madre me ha dado la mano mientras mis dos hijos nacían. Ha mantenido la calma (bueno, con Carmen no tanto...) cuando mi cara se descomponía por el dolor mientras me susurraba al oído "tranquila, hija, ya está, ya está aquí".
Mi Madre se ha dejado la piel por mi. Y se la sigue dejando a pesar de mi edad y de la distancia que nos separa.
Mi Madre ha vivido y vive por mí, por mis hermanas, por mi padre, por su madre, por su hermano y por sus nietos.
Mi Madre ha hecho muchas más cosas por los demás, por todos nosotros, que por o para ella misma.
Mi Madre me ha mostrado, desde que puedo recordar, que el sacrificio por la familia (tu familia) tiene recompensa en sí mismo.
Mi Madre me ha transmitido siempre que el amor infinito es, además, inagotable y existe.
Mamá, hoy no puedo ver cómo te levantas, con los pelos revueltos, directa a la cocina y cómo, casi sin abrir los ojos, te bebes el café que te ha preparado papá.
Mamá, hoy no puedo acercarme a darte un beso y decirte felicidades. Pero desde aquí sí puedo darte las gracias por todo lo que has hecho, haces y sé que harás por mí siempre! Eres un ejemplo. Mi ejemplo. Y no quiero que cambies nunca!
GRACIAS MAMÁ POR MOSTRARME DÍA A DÍA EL CAMINO.
Ojalá todos los días fueran "el día de la Madre". Pero no para hacer regalos, que el mejor regalo de una Madre son sus hijos, sino porque sería bonito que cada día, dedicásemos al menos unos minutos a pensar en la suerte que hemos tenido al contar en nuestra vida con una Madre como la nuestra... Una Madre con mayúscula!
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